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6,8
27.655
Comedia
Tras salir de la cárcel, Ray Winkler se gana la vida como lavaplatos. Harto de este trabajo, se le ocurre una brillante idea: abrir una tienda de galletas, contigua a un banco, con la ayuda de su mujer y un par de rateros de poca monta. Mientras su mujer atiende el negocio, él y sus socios excavan un túnel que conduce al interior del banco. Pronto se harán ricos, pero no exactamente como habían pensado. (FILMAFFINITY)
4 de noviembre de 2022
4 de noviembre de 2022
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Esta es una de esas películas que a la vez que te hacen reír a gusto, tiene también un enorme mensaje, de esos mensajes o moralejas que no siempre se tienen en cuenta: de cómo lo que parece accesorio o secundario, finalmente resulta ser lo más importante. Pues en la vida, a veces no nos damos cuenta de que la dicha, la fortuna y la felicidad, la buscamos en lugares equivocados, cuando la tenemos justo al lado, quizá en la propia casa.
En la peli, el expresidiario Ray Winkler (Allen), se gana la vida lavando platos, lo cual que está hasta el peplo de ese trabajo. Para arreglar la cosa abre una tienda de galletas, a modo de tapadera, contigua a un banco, con la ayuda de su esposa Frenchy (Treacy Ullman). Ello para abrir un túnel junto a un par de ladronzuelos de cuarta, para robar el tal Banco y hacerse rico.
Lo que ocurre es que todos ellos son muy pero que muy torpes, se equivocan, comienzan de nuevo y todo ello, mientras la pastelería de galletas vende cada vez más su producto. De forma que, en vez de llegar al interior del Banco, algo que parece imposible, Ray cae en la cuenta de que la gallina de los huevos de oro está en las galletas que se venden ya en cantidades astronómicas y con enorme éxito.
Esto conduce indirectamente a una operación de franquicia, y en un año, Ray y Frenchy son ricos más allá de sus sueños de dinero robado en bancos ni gaitas.
Woody Allen de nuevo da en el clavo con esta cinta redonda donde él es, como tantas veces, director, guionista y actor principal, junto otros actores de reparto como la Ullman, muy bien como la esposa, Hugh Grant, Michael Rapaport o Jon Lovitz entre otros.
Es una obra genial de Allen que hace un ejercicio de comedia magníficamente construida, arremetiendo entra risas y sonrisas, contra la cultura del éxito.
En fin, estos granujas de medio pelo que según aparecen son bastante tontos, son, empero, más inteligentes, más atrevidos y originales que la aburrida multitud de comedias nuevas que se hacen y que ninguna vale práctica nada. Esto para que digan que Allen se repite. No, cada vez hace una comedia mejor que la anterior: ¡vivan las galletas de Frenchy!
En la peli, el expresidiario Ray Winkler (Allen), se gana la vida lavando platos, lo cual que está hasta el peplo de ese trabajo. Para arreglar la cosa abre una tienda de galletas, a modo de tapadera, contigua a un banco, con la ayuda de su esposa Frenchy (Treacy Ullman). Ello para abrir un túnel junto a un par de ladronzuelos de cuarta, para robar el tal Banco y hacerse rico.
Lo que ocurre es que todos ellos son muy pero que muy torpes, se equivocan, comienzan de nuevo y todo ello, mientras la pastelería de galletas vende cada vez más su producto. De forma que, en vez de llegar al interior del Banco, algo que parece imposible, Ray cae en la cuenta de que la gallina de los huevos de oro está en las galletas que se venden ya en cantidades astronómicas y con enorme éxito.
Esto conduce indirectamente a una operación de franquicia, y en un año, Ray y Frenchy son ricos más allá de sus sueños de dinero robado en bancos ni gaitas.
Woody Allen de nuevo da en el clavo con esta cinta redonda donde él es, como tantas veces, director, guionista y actor principal, junto otros actores de reparto como la Ullman, muy bien como la esposa, Hugh Grant, Michael Rapaport o Jon Lovitz entre otros.
Es una obra genial de Allen que hace un ejercicio de comedia magníficamente construida, arremetiendo entra risas y sonrisas, contra la cultura del éxito.
En fin, estos granujas de medio pelo que según aparecen son bastante tontos, son, empero, más inteligentes, más atrevidos y originales que la aburrida multitud de comedias nuevas que se hacen y que ninguna vale práctica nada. Esto para que digan que Allen se repite. No, cada vez hace una comedia mejor que la anterior: ¡vivan las galletas de Frenchy!